En cada elección, miles de personas fallecidas milagrosamente resucitan… al menos en las urnas. Esos difuntos, que en vida no tenían un centavo para una lápida digna, en la muerte se convierten en fieles electores de los políticos más avispados. Los registros electorales son alterados con nombres de abuelos que llevan décadas enterrados, pero que «casualmente» aparecen votando por el candidato más generoso. Lo más irónico es que muchos de estos votos provienen de cementerios donde ni siquiera hay luz… pero en política, la oscuridad es el mejor aliado.
