Nada más ridículo que un político que se autoproclama «hijo del pueblo» mientras usa zapatos italianos de 3.000 dólares y relojes suizos que cuestan lo que un salario mínimo de un año. Hablan de «austeridad», pero su clóset parece sacado de una pasarela de lujo. Prometen luchar contra la desigualdad, pero viajan en jets privados. Dicen entender el hambre del pueblo, pero solo conocen el caviar y los vinos añejos. Al final, su único sacrificio real es aguantarse un par de fotos con la gente… antes de volver a sus mansiones con vista al mar.
