Ser embajador no requiere experiencia, solo un buen padrino político. Cada nuevo gobierno reparte embajadas como si fueran premios de consolación para amigos y familiares. El primo incompetente, la tía chismosa, el hijo fiestero… todos terminan con pasaporte diplomático y viviendo en París, Roma o Nueva York, con sueldo en dólares y cero obligaciones reales. Mientras tanto, los ciudadanos que realmente necesitan ayuda en el extranjero deben rogar para que los atiendan en un consulado donde nadie habla su idioma ni tiene idea de cómo hacer su trabajo.
