Ser hijo de un político es un negocio redondo. No hace falta estudiar ni trabajar: basta con un apellido bien posicionado y una cuenta bancaria en el extranjero. Mientras papá está en campaña, el hijo se sienta a negociar con narcos, contratistas y empresarios turbios, asegurándoles que cuando su viejo llegue al poder, los favores se multiplicarán por 50. Y así es. Unos meses después, los mismos capos que financiaron la campaña reciben contratos de infraestructura, monopolios de licor o control de las cárceles. ¿Y el hijo del político? Ya tiene un puesto diplomático en Europa y una nueva empresa «exitosa» que de la nada factura millones.