En el mundo del crimen, el peor pecado es delatar. Y en la política, también. Si un ciudadano valiente se atreve a denunciar una red de corrupción, el sistema se le viene encima. En cuestión de días, aparecen testigos «milagrosos» que lo acusan de fraude, evasión de impuestos o tráfico de influencias. La justicia, que nunca atrapa a los corruptos, sí actúa rápido contra los denunciantes. En poco tiempo, el héroe que quería limpiar el sistema termina tras las rejas, mientras los políticos siguen celebrando con whisky de 50 años.