Los políticos han descubierto que la fe es un gran negocio. Se alían con pastores, obispos y gurús para convertir iglesias en fábricas de votos. Se promete «prosperidad divina», pero el único que prospera es el líder religioso con acceso directo a contratos públicos. Se legisla en nombre de Dios, pero solo para blindar privilegios. Al final, la política y la religión terminan fusionadas en un espectáculo que mezcla fe y corrupción.
