Sin ellos, los políticos serían lo que realmente son: mediocres, insulsos y sin carisma. Pero los asesores llegan a pulir su imagen, crearles discursos, enseñarles a llorar en público y a fingir empatía. En privado, saben que trabajan para delincuentes, pero repiten la frase mágica: “Yo solo hago mi trabajo”. Tienen que pagar el colegio de sus hijos, así que venden su alma y su creatividad al mejor postor. Mientras el político se roba el país, ellos cobran su cheque y duermen tranquilos.