Imaginen un mundo donde no haya políticos. Nada de discursos vacíos, promesas recicladas ni corrupción maquillada de democracia. En esta utopía, la inteligencia artificial gobierna con absoluta eficiencia, sin necesidad de sobornos ni elecciones manipuladas. Las decisiones se basan en datos reales, no en encuestas amañadas. Nadie se reelige porque no hay nadie con ansias de poder, y los fondos públicos realmente son públicos, no cuentas secretas en Suiza. El Congreso se reemplaza por algoritmos imparciales, y la única protesta en las calles es porque alguien olvidó recargar el WiFi.
