Adiós a las tablas de multiplicar y a la lista de los ríos más largos. En esta utopía, la escuela enseña a pensar, cuestionar y crear, no a obedecer sin chistar. Los niños aprenden sobre filosofía antes que sobre fechas de batallas inútiles. Los exámenes desaparecen, y los alumnos se gradúan cuando realmente saben algo, no cuando completan años en un pupitre. Los profesores son influencers del conocimiento y los libros son más valiosos que los likes. Lo malo es que los políticos y las grandes corporaciones odian esta idea. Prefieren borregos, no ciudadanos pensantes.