Las religiones dejan de ser empresas disfrazadas de fe. En esta utopía, los líderes religiosos no acumulan fortunas mientras predican la humildad. No hay sectas que manipulan mentes ni dogmas diseñados para someter. La espiritualidad es personal, libre y sin miedo al castigo eterno. No existen televangelistas vendiendo milagros ni fanáticos usando la fe como excusa para la violencia. Cada quien se conecta con su versión del universo sin necesidad de pagar diezmos. Pero en la vida real, las religiones son más un negocio que una fuente de iluminación.
