Sorpresa, sorpresa: la que nos dejó por aquel tipo con moto en 1965 ahora reaparece, viuda y con ganas de charla. “Siempre fuiste el amor de mi vida”, dice, como si en estos 60 años no hubiera pasado absolutamente nada. ¿Qué hacemos? ¿La aceptamos y nos vengamos ignorándola, o le respondemos con un “te lo dije” y le cobramos con intereses el despecho de juventud?