Te los encuentras y lo primero que dicen no es «¡Qué bueno verte!», sino «¿Y cómo va tu presión arterial?» La conversación se convierte en un simposio de achaques: que el colesterol, que la próstata, que la pastilla para la memoria que nadie recuerda tomar. ¿No podemos hablar de cosas más importantes? Como el rock de los 60, las locuras de juventud o cómo los bancos nos roban con cada cobro «de mantenimiento».