Los contratos públicos son como una piñata en una fiesta infantil, pero en este caso, solo los invitados VIP tienen el palo para golpear. Se reparten a dedo, con sobrecostos que harían sonrojar a un ladrón de bancos. Empresas fantasma, familiares «emprendedores», amigos con experiencia en absolutamente nada… todos consiguen su parte. ¿El resultado? Obras que nunca se terminan, carreteras que existen solo en los planos, hospitales sin médicos, colegios sin techos. Pero eso sí, las cuentas bancarias de los que manejaron la piñata están más gordas que nunca.