Gobernar un departamento sin conocerlo es un talento único. Llegan al poder con discursos llenos de amor por la tierra, pero cuando les preguntan por los municipios que lo conforman, apenas recuerdan la capital… y con dificultad. Su verdadera residencia está en la ciudad principal o en el extranjero, donde descansan de la «dura tarea de gobernar». Cuando los ven en los pueblos, es para una inauguración falsa, con corte de cinta incluido, aunque la obra siga en obra negra. Sus fotos de campaña muestran paisajes que nunca han visitado, y sus agendas están llenas de reuniones en la capital… nunca en las veredas olvidadas que dicen representar.