Algunos alcaldes no entienden que gobiernan una ciudad, no que son los dueños de un feudo medieval. Se rodean de súbditos que les rinden pleitesía, persiguen opositores como si fueran herejes y administran los recursos como si fueran de su bolsillo. Si la ciudad se hunde en problemas, la culpa siempre es de la «administración anterior» o del «gobierno nacional», pero nunca de ellos. Mientras tanto, sus familiares mágicamente aparecen en cargos clave, sus amigos manejan los contratos y sus enemigos terminan silenciados con burocracia… o con métodos menos diplomáticos.
