Gobernar no es el objetivo; controlar la mente de los ciudadanos, sí. Los políticos han perfeccionado la manipulación: prometen un paraíso si los eligen, auguran el apocalipsis si no lo hacen y luego montan un espectáculo para distraer a las masas. Las redes sociales, los medios y los influencers pagados se encargan del resto. Si alguien se atreve a cuestionar, lo tachan de «enemigo del pueblo», «vendido» o «títere de la oposición». Y así, mientras la gente pelea entre sí, los de arriba siguen en su fiesta eterna, brindando con el dinero de los contribuyentes.