Los políticos saben que los adultos mayores son un mercado electoral jugoso. Algunos, con problemas de memoria, son el blanco perfecto para campañas llenas de fotos antiguas, discursos nostálgicos y canciones de su juventud. Se les promete un «mejor futuro», aunque muchos no recuerdan lo que les prometieron la elección pasada. Y el día de la votación, «voluntarios» los llevan a las urnas, les indican qué marcar y hasta les «ayudan» a votar. Luego, el olvido es mutuo: ellos no recuerdan por quién votaron y el político no recuerda las promesas que hizo.
