En cada elección aparece la magia de los lotes «sin dueño». Terrenos baldíos que, de repente, se convierten en «donaciones» para familias necesitadas. Se entregan títulos, se hacen eventos con bombos y platillos, y las fotos inundan las redes sociales. Pero, pasado el fervor electoral, los beneficiarios descubren que los lotes tenían dueño, que no eran legales o que estaban en zonas de alto riesgo. Mientras ellos pelean por no ser desalojados, los políticos que les «regalaron» el terreno ya están disfrutando de su retiro en algún paraíso fiscal.
