Cada tanto, un político cae en desgracia. Lo capturan en vivo, con cámaras transmitiendo en directo, esposado y con cara de mártir. Los medios lo presentan como «el mayor escándalo de corrupción del siglo». Pero, unos meses después, la noticia desaparece, el juicio se alarga, las pruebas se pierden y, mágicamente, el acusado queda en libertad por un tecnicismo legal. Unos cuantos millones más tarde, reaparece como asesor, embajador o en algún puesto público. Porque en política, la justicia es solo una pausa antes del próximo saqueo.
