Cada cuatro años, millones de dólares ilegales entran en la política con la excusa de «fortalecer la democracia». Carteles de droga, contratistas corruptos y mafiosos aportan fortunas a las campañas, asegurándose de que el futuro gobernante sea su mejor inversión. El dinero fluye sin control: se pagan influencers, se compran votos, se financian caravanas llenas de acarreados felices con una camiseta y un almuerzo gratis. ¿Y qué pasa después? La maquinaria se pone en marcha para devolver el «favor». La política no es una elección, es un negocio con altísimo retorno de inversión.
