Si la política fuera un restaurante, la corrupción sería el plato más pedido, siempre disponible, con raciones extra grandes y con refil gratis para los amigos del chef. Se cocina en los despachos, se adereza con contratos amañados y se sirve con discursos conmovedores sobre «trabajar por el pueblo». Pero el ingrediente secreto es la impunidad, ese condimento que hace que el sabor del robo a manos llenas pase desapercibido. Y mientras la mesa está servida para los de arriba, el pueblo se conforma con las migajas y las sobras que caen del banquete.
