Un pueblo ignorante es un pueblo fácil de manipular. Por eso, la educación pública se mantiene en ruinas. Escuelas sin techos, profesores mal pagados y currículos diseñados para que los jóvenes salgan sin saber sumar ni cuestionar. Mientras tanto, los hijos de la élite estudian en colegios privados con profesores extranjeros y laboratorios de última tecnología. La brecha no es casualidad: es una estrategia. Un pueblo culto exigiría rendición de cuentas, y eso no conviene.