En cada gran festín de corrupción, lo que nunca puede faltar es el postre de la impunidad. Se sirve frío, con una buena cobertura de excusas y justificaciones. Cuando un escándalo estalla, todo sigue el mismo guion: indignación en redes sociales, promesas de investigación, titulares escandalosos… y luego, el silencio. Los testigos se desvanecen, las pruebas se extravían, las investigaciones se alargan hasta el olvido. Y cuando menos lo esperamos, el culpable reaparece con un cargo más alto, un discurso renovado y la misma sonrisa de quien sabe que en este país robar no solo es rentable, sino que tiene premio.
